El chocolomo

La semana pasada nos visitaron el Presidente de Argentina y su mujer, la estilosa Juliana Awada. Como era de esperar, muchos han hablado del duelo estilístico  entre la Reina y la Sra Macri. Desconozco quién ha puesto de moda la cursi expresión de marras, pero hoy nos viene bien para introducir este post, ya que la semana pasada asistimos a otro duelo, no estilístico sino dialéctico, y no bajo los flashes sino en el ámbito más modesto de este humilde blog. Me refiero a los comentarios, muy atinados, que sobre la ya mundialmente famosa chocolatera de La  Granja (ver post  Chocolate amargo: reinventarse o morir) intercambiaron India 38 y Gloria F (de los Fuertes de toda la vida y digna sucesora de una saga de poetas).

Los comentarios son interesantes porque, como suele suceder, cada uno tiene mucha parte de razón, y porque responden a dos modos alternativos de ver la realidad vital y empresarial.

India 38 coincidía conmigo en que la chocolatera debería empezar a cuidar al cliente y preocuparse por la competencia; en su opinión,

“A la dueña de la chocolatería (que probablemente la heredó de sus padres) nadie le ha enseñado a tener ambición, a tener algo más, a currar un poco mas, a cerrar un poco más tarde, porque con lo que tiene le da para (sobre)vivir. En los Colegios no enseñamos a los niños a emprender, a ir más allá, a ser mejores de lo que son”

mientras que Gloria F (quizá porque es poeta…) defendía que la dueña del establecimiento tenía todo el derecho del mundo a llevar su local como lo hacía (mal), sin romperse la cabeza ni contratar un consultor de campanillas, como McKinsey o Price Waterhouse (House Water Watch Cooper, que diría Pablo Iglesias) que mejorara su gestión.

Gloria argumentó, con la brillantez que le caracteriza, lo siguiente:

“¿Quiere la chocolatera crecer?…¿Tiene obligación de reinventarse? A lo mejor no aspira a nada más que llegar a casa, ver a sus hijos (o Sálvame, añadiría yo), y pensar que, si llega a fin de mes, comprará calcetines al pequeño”.

Calcetines que sin duda necesitará para afrontar el crudo invierno de la sierra madrileña.

En el fondo, estamos discutiendo sobre si la ambición es deseable o no. Tema espinoso, en el que iremos  por partes.

Como buena (o mala) liberal, yo defiendo que cada uno puede y debe hacer en esta vida lo que quiera, dentro de los límites del Estado de derecho y el respeto a los demás. Hay gente más ambiciosa y gente menos ambiciosa, y ambas posturas son legítimas.

Ahora bien, la libertad está vinculada con la responsabilidad;  cada uno debe asumir el efecto de sus decisiones, y no esperar que haya un ente superior que le provea de todo aquello que necesite, cuando lo necesite y como lo necesite.

Si uno quiere vivir tranquilamente, no buscarse líos y conformarse con ganar lo necesario para pagar las facturas, estupendo, pero es conveniente que recuerde que el Estado (es decir, el resto de los ciudadanos) no tiene por qué financiar el  máster de su hijo, la operación de cirugía estética de su nuera y las vacaciones en Torremolinos de los abuelos. Vivimos en un país donde el estado del bienestar ha alcanzado tal desarrollo que nos parece lo más normal que universidades, colegios, guarderías y todo tipo de tratamientos sean gratis. Y esto genera una mentalidad distorsionada y perniciosa, donde sólo hay derechos (y muy pocas obligaciones), el gobierno tiene la culpa de casi todo y si el museo de la ciudad empieza a cobrar entrada para sanear sus maltrechas finanzas se monta una plataforma en contra porque todos tenemos derecho a que la cultura sea gratis. Y, por supuesto, subir el precio del bono bús es un austericidio impuesto por Angela Merkel y  los crueles y depravados hombres de negro del FMI.

A mi modo de ver, el problema es que en España muchos quieren vivir como príncipes y trabajar solo en los ratos libres; claro, este modus vivendi no funciona si uno no ha nacido príncipe, lo que ocurre con el 99,9% de los españoles (la única excepción es la Princesa Leonor). Y es que no hemos entendido que, como bien dicen los economistas, no hay ningún almuerzo gratis. Siempre hay alguien que paga la fiesta. Y ese alguien, en países como España, suele ser el resto de los contribuyentes vía impuestos.

En otros países como EEUU, en cambio, trabajan como locos para ganar dinero y así poder vivir como príncipes (otra cuestión, que dejamos para otro día, es si tienen tiempo para disfrutar de sus ingresos después de semanas de 80 horas de trabajo). Han comprendido que si quieres un determinado nivel de vida, la mejor manera de conseguirlo es olvidándote de papá Estado y poniéndote manos a la obra. Eres tú el que debes sacarte las castañas del fuego.

Afortunadamente, también hay personas en España que arriesgan, comienzan  un negocio, emprenden, generan riqueza, crean empleo y dinamizan la economía. En lugar de demonizarlas, (aspecto en el que algunos son expertos, de modo consecuente con su ideología anticuada) o aplicarles impuestos del 70 u 80% de sus ingresos, como sugieren otros, deberíamos admirarlas y respetarlas, porque el éxito en un negocio, pese a lo que crean algunos, no se deriva necesariamente de que el jefe robe, sea corrupto o explote a sus empleados. Quizá ha tenido una idea brillante, quizá es un gran gestor, quizá ha llenado un hueco de mercado que estaba vacío, quizá ha sabido detectar y cubrir una necesidad de sus compatriotas. Y la economía no es un juego de suma cero en el que ganan unos a costa de lo que otros pierden. Eso es lo que pensaban Malthus y Marx, pero ha llovido (y los economistas hemos aprendido) mucho desde entonces. La tarta puede crecer y beneficiar a todos.

Amancio Ortega empezó vendiendo batas a las mujeres de las aldeas de Galicia; en un momento dado fue capaz de caer en la cuenta (a diferencia de muchos otros, que ni oyeron el tiro) de que en los años 80 en adelante se incorporarían al mercado de trabajo en España muchas mujeres que deberían ir decente y (a ser posible) elegantemente vestidas a sus respectivas ocupaciones, pero que no se podrían permitir comprar en Pertegaz o Elio Berhanyer. No sólo tuvo la idea brillante de vestir a esa clientela potencial mediante tendencias actuales y precios asequibles, sino que la puso en práctica apoyándose en un modelo de negocio cuidadosamente pensado y diseñado durante años y meticulosamente gestionado. El resultado es de todos conocido: triunfó y de paso revolucionó  el sector de la moda, al que incorporó conceptos como el low cost, la fast fashion y las colecciones cada quince días y no cada seis meses, como era tradición en la industria. En este carro están asimismo montados, con gran éxito, Mango, H&M, Top Shop, y algunas otras compañías.

Ahora Ortega es muy rico, en efecto. Pero paga impuestos, financia ONGs y, crea puestos de trabajo y, sobre todo, ha facilitado considerablemente la vida a numerosas mujeres (y últimamente también hombres) que, efectivamente, no podemos permitirnos un fondo de armario no ya de Armani o Chanel, sino ni siquiera compuesto sólo por artículos de Roberto Verino, Purificación García o Adolfo Domínguez.

Pero, ¿no habíamos oído siempre que el egoísmo es perverso? El egoísmo efectivamente es perverso, pero actuar por interés propio es diferente a actuar por egoísmo. Si esta idea (que no es trivial, de acuerdo) se hubiera entendido bien en el ambiente intelectual del s. XIX y principios del XX, nos habríamos ahorrado millones de muertos en revoluciones como la rusa, (aunque algunos crean que solo dio lugar a cinco) y largos años de pobreza y falta de libertad en multitud de países.  Y si se hubiera entendido bien en el último medio siglo, nos habríamos ahorrado actitudes de aborrecimiento visceral a las empresas, desplantes en el Congreso a mandatarios extranjeros, administraciones públicas escleróticas, tipos impositivos confiscatorios, y tasas de paro muy elevadas a este lado del Atlántico y en concreto en España.

Adam Smith, un oscuro (en aquel momento) profesor escocés de filosofía en Edimburgo y Glasgow y padre de la economía científica, en La riqueza de las naciones de 1776, utilizó el famoso ejemplo del carnicero y la no menos famosa metáfora de la mano invisible en su argumento:

It is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker, that we expect our dinner, but from their regard to their own interest. We address ourselves, not to their humanity but to their self-love, and never talk to them of our necessities but of their advantages.

Desgraciadamente, y después de 241 años, este texto se desconoce o malinterpreta en numerosos ámbitos de la sociedad. ¡Qué mal nos explicamos los economistas!

El empresario o comerciante no venden por caridad sino en busca su propio interés, es cierto, pero los mecanismos del mercado consiguen que ese interés propio genere riqueza, bienestar, empleo, y satisfaga las necesidades de la población. Sobre cómo se distibuye esa riqueza, de lo que ya hablaremos, me remito de momento a este post de un gran economista, gran amigo y gran experto en el ámbito, Xavier Sala i Martín, que ha sabido desmontar con maestría algunos informes apocalípticos sobre el particular.

Es perfectamente legítimo que un país haya un cierto porcentaje de personas que no quieran complicarse la vida y adopten la filosofía de vida de la chocolatera; debemos tener claro, no obstante, que si este porcentaje es muy elevado llegará un momento en que el estado del bienestar será insostenible. Por el contrario, si en ese país hay muchos Amancios Ortegas, el PIB crecerá, se generarán puestos de trabajo, se sanearán las finanzas públicas y subirá la renta per capita de los ciudadanos.

No es irrelevante la anécdota que contaba Sala i Martín. Cuando preguntaba a sus alumnos de Columbia (NY) qué querían hacer al graduarse como economistas, muchos decían que su sueño era montar una empresa en un garaje, al más puro estilo Bill Gates. Si repetía el ejercicio en Cataluña (una de las zonas más emprendedoras de España), la respuesta general era trabajar para la Generalitat o para la Caixa. Es cierto que esto lo decía hace años, quizá ahora las cosas hayan empezado a cambiar (esperemos).

A los españoles nos gusta vivir bien. Nada que objetar. Pero debemos tener claro que no se puede tener todo en la vida; como brillantemente explicó una vez la Presidenta Cifuentes, el bocadillo puede ser de chocolate o de lomo, pero no de chocolomo. Y en nuestra sociedad hay demasiados, a mi juicio, que se han aficionado en exceso al bocata de chocolomo.

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2 Responses to El chocolomo

  1. india38 says:

    Es que aquí en España se parte de una idea falsa: es que la enseñanza es gratis, la sanidad es gratis, y no hay NADA GRATIS. Cuando algo es gratis es que ALGUIEN esta pagando. Y cuanto antes empecemos a entender esto antes nos pondremos las pilas.

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  2. Y a eso acompaña otra idea falsa: todos tenemos DERECHO a sanidad, educación, universidad, cirugía estética y terapia ocupacional gratis. ¿Qué país subsiste con una población que sólo pide derechos y elude la responsabilidad?

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